Nueve y media en Piedras e Independencia. Planes inexistentes. Pura bohemia San Telmiana en shorts y ojotas. Nos decidimos optar por Chile en la zona de barsuchos a la calle. Un mojito no estaría mal, la noche estaba de lujo para menta, ron y un toque de soda.
Ya sentados en “Aquí me Quedo” y unos nachos con guacamole de por medio fuimos testigos una vez mas de la orquesta porteña en su máxima expresión. Como salida de un cuento de Manucho se nos acercaba tambaleante una figura entre cómica y triste. El porte de una Banshee, los pelos lisos y plateados caían lado a lado enmarcando unos ojitos negros como brazas recién apagadas. Medio encorvada, vestida con retazos negros y cargando una bolsa de consorcio en el antebrazo deposita sin más explicación un anillo de acero quirúrgico en nuestra mesa. Con estratégico desdén examina sus víctimas rápidamente. Esta vez decide por el que le queda de frente. Tiene pinta de comprador compulsivo, usa una musculosa de Coi Fish amalgamada con pescadores de jean y ojotas negras, un claro ejemplo de una venta segura.
Lentamente levanto el objeto de deseo para examinar su hechura. Un aro de acero quirúrgico con jeroglíficos producto de alguna importación hawaiana se bambolea aferrado a una etiqueta blanca ostentando sus especificaciones, x21 pulgadas. Plateado como bisturí de sitcom americana, etiquetado, clasificado, sin precio.
Es el bendito san telmo cuna de ciegos y personajes parabólicos como estos. Me regodeaba en la idea de un sinfín de situaciones donde comensales semi borrachos son atacados con desprecio por el desgarbo de una vendedora de anillos que se limita a depositarlos sin precio, sin oferta, sin pasión en mesas de madera en comodato por la compra de cajones de Corona a un bar de calle Chile.
Rauda y segura como un penitente de la pre cordillera Mendocina alza su mano huesuda que acaricia el acero y lo deposita sin explicaciones en la bolsa que cuelga de su antebrazo. No nos explica, no nos pide una moneda. No se preocupa por una cosa ni la otra. Su meta es recolectar los preciados anillos sin nombre para volver a depositarlos en otra mesa unos bares mas allá. Ni una palabra pende de su boca. Sin súplica… sin necesidad… sin márketin... Una Alejandra solo producto de Bioy Casares se retira solitaria, rengueante hacia el próximo Bar. La bolsa tintinea de anillos de acero, los ojos apagados, la mirada perdida y una oferta sin habla que nos deja fríos, bohemios, idiotas.

me pregunto si la falta lima en tu descripción del mojito es un accidente al tipeo o un sutil mensaje para quien nunca lo leerá...
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