domingo, 21 de febrero de 2010

El almuerzo de las Bestias


El almuerzo de las bestias es un raro acontecimiento que suele darse uno de cada cuatro domingos. El escenario es siempre el mismo, la tierra de los artículos olvidados, guardados, rotos o simplemente inútiles. Uno puede pasearse entre la torre de la tecnología, donde los aparatos obsoletos o averiados se alzan en imponencia vertical hasta rozar el techo con goteras y manchas de humedad. La chimenea es un recuerdo de hollín, carbón y libros en ingles de los 80. De la época en que todo era coleccionable quedan platos de variadas formas y colores adornando paredes de salpicre alguna vez ocre entre reproducciones de Quinquela Martin y cuadros de niñas comiendo choclos. Suerte de laberinto mitológico y archivo generacional es la casa de los reyes del olvido el dulce huésped del almuerzo de las bestias.

El agasajo era simple, la reina de corazones estaba de revolución. La familia unida. Se sentaban a la mesa el viejo álamo, las furias, la tía de la luna y la bestia en persona. Como invitado de honor se había mandado a llamar al muñeco de malvavisco y su tendencia a la bebida sin control.
La lasaña rodaba por los platos entre charlas inarticuladas, una sobre otra, inconexas, estúpidas….imposibles. La bestia exhibía un mal humor corrosivo. El ruido y la salsa blanca lo ponían como loco. Veía el caos frente a sí como una burla del destino o una mala obra de teatro en el paseo la plaza, valor dos pesos.

Las furias hacían competencia por ver cual hablaba más fuerte. Dos conversaciones díscolas se extendían por la mesa, mientras la tía de la luna devoraba tenedor tras tenedor enmudecida por la tempestad de vocablos. Eran ellas adorables hermanas consecutivas. La rosa como primogénita indiscutible. La negra como hija intersticial anterior a la bestia. Entre ellas siempre había una competencia. Quien había gritado mas a los vientos, cuantos barcos habían hecho naufragar, quien había ascendido mas en el trabajo y similares. Esta vez la charla fluctuaba entre viajes a tierras lejanas y premios anuales de valores irrisorios. Lo cierto era que los tres se querían mucho, pero uno conoce a las bestias…tienden a demostrar sus afectos como tempestades o días soleados por igual.
La reina de corazones acotaba, cuando las furias lo permitían, sobre bares que le eran desconocidos y afecciones de las piernas que más que enfermedades podrían ser duendes con martillos y piquetas listos para la búsqueda de diamantes en un cuento de Walt Disney. Estar fuera de la conversación no era una opción.
El álamo se erguía entre las botellas del hombre de malvavisco y la pasta vegetariana. Su mirada penetrante escrutaba a los comensales ávidos de atención. Su cerebro oxidado conectaba palabras y armaba frases violentas que escupía entre rugidos y estertores mientras los canes correteaban por las patas de la mesa alguna vez redonda llenando de pelos y lamidas rodillas y manos por igual.

Ya eran las 3 de la tarde cuando el hombre de malvavisco ya influenciado por los éteres de la uva decide partir a sus dominios. Las furias aprovechan semejante ocasión para volver a sus recónditos acantilados a perder navíos y peinar sus melenas.
La bestia desgarra con sus uñas las últimas bocanadas de humo que se desenroscan ante los anteojos de la tía luna.

A las 4 y media dos pasos por la vereda los trasmuta en personas. Ella la tía hermana de su madre, él el hijo menor de la familia. Mama los saluda nostálgica desde el escalón tras las rejas rojas. Su figura inmóvil los guarda hasta llegar a la avenida, donde la parada del 41 los oculta y arrastra hacia el centro de Buenos Aires. Otro domingo se desdobla por febrero. El calor perfila fantasías imposibles en las mentes de los menos aptos, las bestias vuelven a sus abismos de los cuales una vez más se han escapado…

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